Chapter 5 - El reloj que todo lo veía

El reloj de pie llevaba en esa casa más tiempo que cualquiera de ellos.
Lo había traído el bisabuelo de Daniel desde un pueblo de artesanos, hacía casi un siglo, y desde entonces había marcado cada nacimiento, cada boda, cada funeral de la familia Doncel con la misma indiferencia mecánica.
Tic.
Tac.
Nunca se apuraba.
Nunca se detenía.
Clara le tenía un respeto extraño, casi supersticioso.
De pequeña pensaba que el reloj podía ver todo lo que pasaba en la casa, que guardaba secretos en sus engranajes de la misma manera en que ella guardaba secretos en el bolsillo de su suéter.
—No lo toques —le decía siempre la abuela—. Es una pieza muy antigua. Muy valiosa.
Más valioso que una niña, pensaba Clara ahora, mirando el reloj de reojo mientras su padre discutía con Constanza en el vestíbulo.
Más valioso que la verdad.
—Tienes que calmarte —dijo Constanza, intentando recuperar el control de la situación con esa voz suave que tantas veces había funcionado—. Piensa en lo que estás a punto de hacer, Daniel. Piensa en el escándalo. En lo que dirá la gente.
—Me importa muy poco lo que diga la gente.
—Te importará cuando pierdas todo lo que tenemos. Esta casa. El apellido. La empresa de tu padre.
—Nada de eso vale lo que vale ella —dijo Daniel, señalando a Clara sin mirarla, con esa certeza absoluta que solo aparece en los padres cuando, por fin, entienden con claridad lo que de verdad importa.
Constanza dio un paso atrás, casi sin darse cuenta, como si la firmeza de su hijo la hubiera empujado físicamente.
—Siempre fuiste igual de blando que tu padre —dijo, con desdén—. Dejándote manipular por lágrimas.
—No son lágrimas manipuladoras, mamá. Es sangre. Mira su cara.
Constanza miró, apenas un segundo, el rasguño en la mejilla de Clara.
Y desvió la mirada de inmediato, como si el detalle le resultara incómodo, casi vulgar.
Ese gesto —esa incapacidad de sostener la mirada sobre el daño que había causado— fue lo que terminó de convencer a Daniel de que no había manera de arreglar aquello con palabras.
Marcó el número del médico de la familia con dedos temblorosos.
—¿Doctor Ferreira? Sí, soy Daniel Doncel. Necesito que venga urgente. Mi hija tuvo una caída por las escaleras.
Constanza, al escuchar la palabra "caída" pronunciada en voz alta frente a un tercero, sintió que el suelo de mármol se volvía, de pronto, mucho menos sólido bajo sus pies.
—No exageres la situación con el doctor —susurró, cuando Daniel colgó.
—Voy a contarle exactamente lo que pasó.
—No sabes exactamente lo que pasó.
—Sé lo que vi. Sé lo que dijo Clara. Y sé, mamá, que en cuarenta años nunca te he visto tan nerviosa como en este momento.
Clara, que había permanecido callada durante ese intercambio, levantó la vista hacia el descanso de la escalera, hacia el punto exacto donde su abuela había estado de pie apenas minutos antes.
Y entonces recordó algo.
Un detalle pequeño, casi insignificante, que en medio del pánico de la caída no había tenido tiempo de procesar.
—Papá —dijo, con la voz todavía temblorosa—, ella tenía el guante puesto.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué guante?
—El guante de jardinería. El izquierdo. Lo llevaba puesto cuando me empujó. Todavía lo tiene puesto.
Constanza bajó instintivamente la mirada hacia su propia mano izquierda.
En efecto, un guante de cuero fino, color caramelo, cubría sus dedos, olvidado allí desde una tarea de jardín que había dejado a medias esa misma mañana, antes de subir a buscar a Clara.
—Eso no prueba nada —dijo, pero su voz ya no era la de antes.
—Prueba que estabas arriba, con las manos listas, antes de que yo cayera —dijo Clara, con una lógica infantil tan aplastante que ni Daniel supo, en ese instante, si reír o llorar—. Uno no se pone un guante para caminar. Se lo pone para agarrar cosas.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.
Porque en ese silencio, por primera vez, Constanza no tuvo ninguna respuesta lista.
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El reloj de pie siguió marcando el tiempo, ajeno, indiferente, sin saber que dentro de muy poco, ese mismo tiempo se le iba a acabar.
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