Chapter 6 - La grieta en la máscara

Daniel, con Clara todavía sujeta a su cadera aunque ya pesara demasiado para cargarla así, empezó a caminar en círculos lentos por el vestíbulo, como un animal que no encuentra la salida de su propia jaula.
—Voy a llamar también a la policía —dijo, más para sí mismo que para su madre.
—¿La policía? —La voz de Constanza subió una octava, algo impropio de ella—. Daniel, piensa con la cabeza fría.
—Estoy pensando con la cabeza más fría que he tenido en toda mi vida.
—Vas a destruir el apellido de la familia por una caída.
—Vas a destruir tu propia libertad por no admitir un empujón.
Constanza se acercó a él, con las manos extendidas en un gesto que pretendía ser conciliador y que, en cambio, resultaba desesperado.
—Daniel, hijo, escúchame. Todo lo que he hecho en esta casa lo he hecho por el bien de esta familia. Por mantenerla unida. Por mantener el nombre en alto.
—¿El bien de la familia? —Daniel soltó una risa amarga, sin humor—. Echaste a mi esposa. Empujaste a mi hija. ¿Eso es mantener la familia unida?
—Elena no encajaba en esta casa. Tú lo sabías. Ella era... desordenada. Emocional. No era el tipo de mujer que un Doncel necesita a su lado.
Clara, escuchando esas palabras, sintió algo caliente subirle por el pecho, algo que no tenía nombre todavía en su vocabulario de ocho años pero que se parecía mucho a la furia.
—Mamá era la mejor persona de esta casa —dijo, con una voz que no era ni un grito ni un susurro, sino algo intermedio, firme como una piedra—. Y tú la hiciste llorar hasta que se fue.
—Cállate, niña.
—No —dijo Daniel, dando un paso al frente, poniéndose entre su madre y su hija con un movimiento que fue, en parte, protección física y en parte declaración de principios—. No le vuelvas a hablar así. Nunca más.
Constanza retrocedió, sorprendida, como si su propio hijo la hubiera abofeteado con palabras en lugar de con la mano.
—¿Así me vas a hablar? ¿A mí, que te crié sola después de que tu padre muriera? ¿Que te di todo?
—Me diste una casa fría y un ejemplo de crueldad que tardé cuarenta años en reconocer como tal —dijo Daniel—. Me diste una madre que confunde control con amor.
—¡Eso no es justo!
—¿Justo? —Daniel señaló hacia la escalera, hacia el punto exacto de la caída, donde todavía se veía, apenas visible, una pequeña mancha de sangre seca en el borde de un escalón—. ¿Hablamos de justicia ahora?
Constanza siguió su dedo con la mirada, y por un instante, algo se quebró en su rostro: la máscara de serenidad, tan cuidadosamente mantenida durante toda su vida adulta, mostró una grieta fina, casi imperceptible, pero real.
—Yo no quería que cayera tan fuerte —dijo, en voz baja, casi para sí misma.
El vestíbulo entero pareció detenerse.
Daniel la miró, incrédulo.
—¿Qué dijiste?
Constanza se dio cuenta, un segundo tarde, de lo que acababa de admitir.
Intentó recomponerse de inmediato, endureciendo otra vez la espalda, subiendo otra vez la barbilla.
—Dije que no entiendo por qué está haciendo tanto drama por un tropezón.
—No —dijo Daniel, con el corazón latiéndole con fuerza—. Dijiste otra cosa. Dijiste que no querías que cayera tan fuerte.
—Estás inventando cosas.
—Clara, ¿tú lo escuchaste?
—Sí —dijo la niña, sin dudar ni un instante—. Lo escuché clarito.
Constanza miró a su nieta con algo parecido al odio puro, un odio que ya no se molestaba en disimular, porque la máscara, finalmente, se había caído del todo.
—Eres igual que tu madre —le dijo, con desprecio—. Una manipuladora nata.
—Basta —dijo Daniel, y su voz retumbó en el vestíbulo con una autoridad que Constanza jamás había escuchado en él—. No le hables así nunca más.
—Es mi casa, Daniel. Y mientras sea mi casa, hablaré como quiera.
—Entonces empaca tus cosas —dijo Daniel, y las palabras le salieron con una calma helada que sorprendió incluso a él mismo—, porque desde este momento, esta ya no es tu casa.
El reloj de pie marcó las nueve y media con una única y solemne campanada.
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Como si respondiera, sin saberlo, a la sentencia que se acababa de dictar en aquel vestíbulo.
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