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LA NIÑA QUE CAYÓ DOS VECES / Chapter 8 / 10

Chapter 8 - La mano que empujó de vuelta

Hay momentos en la vida de un hombre en los que el cuerpo actúa antes de que la conciencia termine de decidir.

Daniel no pensó "voy a empujar el reloj".

Su mano simplemente lo hizo, guiada por cuarenta años de rabia contenida, por el peso de una hija temblando contra su cadera, por el recuerdo fresco de un cuerpo pequeño cayendo por veintidós escalones de mármol.

—¡Basta de mentiras! —gritó, con una voz que ya no reconocía como propia.

Y empujó.

El reloj, que había permanecido inmóvil e inquebrantable durante casi un siglo, se tambaleó primero apenas un poco, como si dudara, como si el propio mueble se resistiera a romper su papel de testigo silencioso para convertirse, por una vez, en parte activa de la historia.

Luego, con un crujido profundo de madera vieja, comenzó a caer.

Constanza, todavía de pie junto al primer escalón, levantó los ojos justo a tiempo para ver la sombra enorme del reloj inclinándose sobre ella como un árbol talado.

—¡Daniel!

El grito de su madre —el primer grito verdadero que Daniel le había escuchado en toda su vida, sin el filtro de la elegancia, sin el control absoluto que la había caracterizado siempre— quedó suspendido en el aire, mezclado con el crujido de la madera y el tintineo metálico de los engranajes internos del reloj sacudiéndose por el movimiento.

Clara, todavía pegada a la pierna de su padre, gritó también, un grito distinto al de la caída, un grito de sorpresa pura ante la magnitud de lo que estaba ocurriendo frente a sus ojos.

El reloj cayó hacia la escalera, hacia el lugar exacto donde Constanza estaba de pie, con la fuerza y el peso de casi un siglo de madera maciza y mecanismos de bronce.

Todo pareció, por una fracción de segundo, moverse en cámara lenta.

Constanza, con los reflejos de sus setenta años, no alcanzó a moverse del todo.

Dio un paso lateral, tropezó con el borde del primer escalón, y cayó sentada, con fuerza, justo cuando el reloj se estrellaba contra la baranda de hierro forjado, a escasos centímetros de donde había estado su cabeza segundos antes.

El estruendo fue ensordecedor.

Madera astillada.

Cristal roto —el vidrio protector de la esfera del reloj, que había sobrevivido intacto durante generaciones, se hizo pedazos contra el mármol.

Engranajes de bronce rodando por el suelo con un tintineo metálico que parecía no terminar nunca.

Y después, silencio.

Un silencio total, absoluto, distinto a todos los silencios anteriores de esa casa.

Ni siquiera el tic-tac, ese sonido constante que había marcado cada segundo de la vida de los Doncel durante un siglo entero, quedó en pie.

El reloj, por primera vez desde que había entrado a esa casa, se había detenido.

Para siempre.

Constanza, sentada en el suelo, con la bata azul marino ahora manchada de polvo y astillas, miraba los restos del reloj destrozado a centímetros de su cuerpo con una expresión que Daniel jamás había visto en el rostro de su madre.

Miedo.

Miedo real, puro, sin ninguna máscara detrás de la cual esconderse.

—Pudiste haberme matado —dijo, con la voz temblando por primera vez en su vida.

Daniel, todavía con el brazo extendido en el gesto del empujón, miró sus propias manos como si no las reconociera.

—No —dijo, aunque su voz también temblaba—. Solo quería que sintieras, aunque fuera un segundo, lo que sintió Clara.

Clara, aferrada todavía a la pierna de su padre, miraba los restos del reloj esparcidos por el suelo, los pequeños engranajes de bronce brillando entre las astillas de caoba oscura.

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Y sintió, por primera vez en catorce meses, que algo en esa casa fría por fin se había roto de la manera correcta.

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